“Doña María Dolores Funes”

Hay mujeres cuyas historias de valentía y amor lograron trascender los límites de sus familias, de sus pueblos o naciones. Historias que pudieron ser plasmadas en papel para que no perecieran con el paso del tiempo. Sin embargo, hay otras, escondidas, agazapadas en la oscuridad, esperando algún alma caritativa para que las ilumine y no haya sido en vano tanto coraje y tantos sacrificios.

           Posta del Saladillo

1835

Aquel día se asemejaba a cualquier otro. Había llovido y los moradores de la posta estaban tomando mate a la intemperie. Hacía frío y soplaba una suave brisa, lo que no impidió que los niños siguieran jugando abrigados con sus ponchos.

Los hombres no se encontraban presentes. Doña Dolores, quien estaba a cargo de la posta momentáneamente, había amasado pasteles y se los daba de comer a sus hijos.

La llegada a todo galope de un vecino alborotó la quietud de la tarde. Venía trayendo noticias: un malón se acercaba. No había tiempo para nada, ya que los indios le venían pisando el rastro.

La mujer, en su desesperación, escondió a los niños en el pozo construido con el fin de protegerse de los ataques sorpresivos de la indiada.

Sin embargo, se daba cuenta de que no podía esconderse con sus hijos  pues, si no encontraban a nadie en el puesto, iban a prender fuego al lugar y ya no habría escapatoria para ninguno de ellos.

Decidió esperarlos fuera de la casa, con el viejo fusil de su marido preparado.

Cuando el malón arremetía, lo hacía en silencio, pero el retumbar de los cascos sobre el suelo y la polvareda los delataban varias leguas a la distancia. Los jinetes llevaban boleadoras y, en su talle, cuchillos o facones. Sus cuerpos brillaban porque se habían embadurnado con grasa de avestruz.

Doña Dolores estaba muy decidida a enfrentarlos, cuando un miedo visceral le impidió cargar el arma. Desesperada se escondió detrás de unos juncos para pasar desapercibida. Cuando se creía segura, el ladrido de un perro alertó a uno de los salvajes, quien se desprendió del grupo y se dirigió al lugar donde se encontraba el chucho.

Y allí se encontró con María Dolores Funes, agazapada entre las matas. El capitanejo le ató las manos a la espalda y la subió a la grupa de su caballo.

Cuando llegaron a la costa de un arroyo, le dio a entender por medio de señas que iría más cómoda montada sobre el anca. El indio se apeó del animal y la cambió de lugar. Como Dolores no era ninguna tonta, por medio de artimañas se las ingenió para que el salvaje la desatara y se aferró al cuerpo aguerrido del indio, quien no dudaba en volver su cabeza para poder besarla. El capitanejo estaba obnubilado por la blancura de la mujer y por sus ojos claros.

Dolores le había visto un largo cuchillo atado a su cintura.

Así siguieron al galope, tratando de alcanzar al resto del malón. Cuando atravesaban una zanja llena de barro, el caballo se hundió hasta los encuentros, lo que permitió a la mujer arrebatarle el cuchillo y clavárselo en el pecho. En ese momento ella se echó al suelo y observó que el indio también se caía del caballo. El salvaje se agarraba con ambas manos la herida, pero sólo pudo dar unos cuantos pasos hasta caer muerto.

La valiente mujer corrió hasta llegar a su rancho y pudo rescatar a sus pequeños, quienes permanecían escondidos.

Cuando llegó el marido junto con otros gauchos, le contó la historia que los dejó espantados. Entonces se dirigieron al lugar de los hechos.

El indio estaba tirado en un charco de sangre. Su cuerpo, de espaldas, mostraba su pecho lleno de profundas cicatrices.

          El esposo de doña Dolores, sin meditarlo un momento, sacó el cuchillo y cuereó al salvaje desde la garganta hasta el ombligo. Todos los presentes lo miraron horrorizados. Estaqueó el macabro trofeo con clavos en el galpón y no hubo ni cura ni cristiano que le hiciese cambiar de opinión.

– “Es en honor a mi hembra que no lo saco, pa’ que se den cuenta del valor de las chinas en estas pampas”-fueron las palabras cortantes del gaucho.

Y mucho tiempo estuvo el cuero del indio, a modo de trofeo, adornando la Posta del Saladillo.

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