“La última corrida”

Plaza Mayor del Retiro,
Buenos Aires.
11 de noviembre de 1809

          A pesar de la leve llovizna, brillaban las banderas de la  plaza. El gobernador Martín Rodríguez había decidido prohibir las corridas de toros. Ese día se iba a efectuar la última  y, por primera y única vez, las señoras estaban autorizadas a presenciarla.

Los criados, que acarreaban las sillas, se abalanzaban unos sobre otros, tratando de obtener los mejores lugares para sus amas.

Las señoras se habían vestido con sus mejores galas: el tafetán italiano y el terciopelo francés adornaban a las más distinguidas.

         El clamor del gentío daba la bienvenida al torero de Sevilla.  José, “El magnífico”, lo habían bautizado y el apodo había perdurado a través del tiempo. Había llegado a nuestras tierras de mozo y se había enamorado de doña Inés Urrutia Velásquez, con quien contrajo nupcias.

         Con su traje de luces, se paseaba orgulloso por la arena. De la cintura para abajo vestía taleguilla, la camisa era de color blanco y estaba adornada con chorreras. El capote de paseo era una obra de arte: bordado en hilos de seda se destacaba la figura de San Judas Tadeo. Desplegaba su capa de seda roja bordada en oro: era un matador. Sobre su cabeza llevaba una montera de terciopelo negro.

El público lo ovacionaba sin cesar, ese día iba a ser su gran despedida. A pesar  de que su porte castizo había sucumbido con los años y su cabellera azabache estaba poblada de blanco, su espíritu era el mismo: altanero, desafiante, lleno de coraje.

Se paseaba por la arena como un terrateniente por sus tierras. Había sacrificado muchos animales con sus estoques. Ese día no iba a ser diferente. Pensaba dedicárselo a doña Inés.

Soltaron el toro de lidia. Era un ejemplar pocas veces visto de la casta andaluza. Lo había mandado a pedir exprofeso para su despedida. Esos animales se consideraban los más bravos: su lomo negro destellaba compitiendo con la capa del torero.

Lo enfrentó, blandiendo con gracia su arma sin filo, provocándolo. Una y otra vez, pero el toro permanecía quieto.

José, “El magnífico”, hizo algo que jamás había hecho: lo miró a los ojos. Dos pozos de obsidiana correspondieron a su mirada.

Un miedo oscuro y pegajoso afiebró sus huesos cuando reconoció esa mirada: era la de Elena, aquella joven que ya se había perdido en el laberinto de su memoria.

Los recuerdos invadieron su mente, paralizándolo: Elena había sido una de las bellezas de su pueblo natal, allá en España. Todos los domingos paseaba orgullosa del brazo de su amado por la plaza del lugar.

José, que ya se destacaba por su arte en las arenas, se le insinuó varias veces, pero la joven siempre lo había rechazado.

Hasta que un día, después de celebrar una gran corrida, la llevó engañada a un lugar solitario. Allí se aprovechó de la muchacha hasta el hartazgo. La dejó tendida en el suelo, cubierta de sangre. Ahora recordaba sus ojazos de obsidiana que lo miraban sin vida y  reconocía en aquel ejemplar la mirada de Elena.

Sintió en carne viva su recuerdo. Su corazón comenzó a palpitar como una vela al viento. No pudo moverse. La estaba viendo: a Elena vestida de negro, resoplando sus ansias de venganza, mugiendo su muerte.

          Recibió la primera corneada, y la segunda. No osó defenderse. Elena tenía sed de venganza. Quedó tendido en el suelo, cubierto de sangre, sin vida. Como Elena.

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