“El anillo del abuelo”

“El anillo del abuelo”

Estancia La Firmeza
1860

El hombre se dirigía lentamente hacia las porquerizas, arrastrando una bolsa vieja y sucia de cuero negro. El contenido de esta le dificultaba el paso. Su rostro tenía una expresión extraña. En su boca se hallaba impresa una mueca de satisfacción, y en sus ojos se vislumbraba cierto dejo de locura.

El viento soplaba con todas sus fuerzas, el frío congelaba los huesos de aquel hombre, que caminaba tan tarde en la noche cerrada.

Ya sentía que estaba cerca por el olor pestilente que envolvía el lugar, como una mortaja de silencio envuelve a un cuerpo muerto.

Cuando finalmente llegó, abrió la bolsa de cuero vieja y sucia, y vació el contenido de esta en el chiquero. Los animales corrieron desesperados para dar cuenta del botín que habían recibido. Eran solamente unos huesos, amarillos y gastados por el tiempo.

El hombre reía a carcajadas mientras los cerdos mordisqueaban y jugaban con ellos.

            La tarde del entierro había sido lluviosa y fría. El pequeño camposanto se encontraba lleno de dolientes, que lloraban la muerte de don Manuel Arizmendi. Lo enterraron junto a su esposa, doña Encarnación, en las tierras consagradas de la estancia.

El difunto había sido muy querido y respetado, y los dolientes habían venido de lugares muy lejanos para rendirle sus respetos.

El cura del pueblo leía el responso mientras su único heredero se hallaba a un costado, solitario, ajeno a la ceremonia que se estaba realizando.

Sus pensamientos estaban llenos de furia, de rabia y vergüenza. Sus rasgos patricios se encontraban desfigurados, no por la pena, sino por el odio. Un odio lacerante que nacía desde lo más profundo de sus entrañas y avanzaba lentamente, amenazando con emponzoñarle el alma.

Tenía los puños apretados tan fuerte, que sus uñas se clavaban en su carne, brindándole un placer enfermizo. Necesitaba sentirse vivo después de tanta muerte.

La verdad que su padre moribundo le había confesado, había acabado con su vida y con la del enfermo.

Aquel desalmado, a quien llamaba padre, le dijo, entre lágrimas y sollozos, que no era hijo de doña Encarnación de Arzuaga, sino de una india que había recogido hacía mucho tiempo.

El anciano trataba de hilvanar las palabras para confesarle que había amado mucho a aquella salvaje, abandonada por su tribu por ser víctima de la viruela. El la había encontrado casi muerta, y sin medir las consecuencias, se la había llevado a la estancia.

Gracias a los cuidados de doña Encarnación, la india se fue curando, y luego que las pústulas cayeron, la belleza de la joven cautivó al hacendado. La bautizaron Eulalia, en honor a la mártir que murió en España.

El cabello largo y negro de la joven realzaba sus rasgos indígenas. Bajo unas cejas pobladas, sus ojos oblicuos y brillantes bebían sedientos la figura del hombre que la acechaba. Cada vez que se movía, exhalaba una sensualidad animal que embriagó los sentidos de don Manuel, incapaz de resistirse a sus encantos. El olor a hembra en celo, enloqueció al hacendado, haciéndole perder la cabeza y su espíritu cristiano.

 Se amaron todas las noches. El hombre creía estar embrujado por la india, a quien llevaba clavada en el alma.

Mientras tanto, doña Encarnación, testigo muda de tanta pasión y lujuria, lloraba en silencio el hijo que su vientre no había engendrado. 

Pero, la naturaleza, siempre sabia y astuta, se cobró tamaño pecado. La noche que la india estaba pariendo, el hacendado se hallaba de viaje y la pobre desdichada no contando con ayuda alguna, murió desangrada.

El hacendado creyó morir cuando se enteró de la desgracia, pero su santa mujer, decidió criar a la criatura como suya. A partir de ese momento, jamás le faltó al bastardo, el cariño y la ternura de una madre.

Cuando terminó de escuchar la confesión de su padre, lo maldijo mil veces y con una mirada feroz y el cuerpo tembloroso, acercó sus manos a la garganta del moribundo y apretó y apretó hasta que sintió que exhalaba el último aliento. No sintió ni un atisbo de culpa o de arrepentimiento. Se lo tenía bien merecido por haberle destruido sus sentimientos: su orgullo de sangre patricia, su linaje de prosapia, su amor por aquella a quien siempre había llamado “madre”.

Nadie debía saber la cruel verdad. Sin embargo, allá, a lo lejos, en el camposanto, se encontraba una tumba solitaria, único testigo de tamaña desgracia. Estaba casi oculta por unas matas descuidadas, tenía como adorno, una cruz de madera lisa, y grabado a cuchillo, se alcanzaba a leer un nombre: Eulalia.

Mientras las palas llenas de tierra, iban cubriendo la tumba de su padre, una idea macabra irrumpía el pensamiento del desdichado. Ya sabía que hacer para acabar con el recuerdo de la salvaje.

             Cuando los cerdos terminaron su danza macabra, y pisotearon aquellos huesos amarillos y viejos con otras osamentas, comprobó meticulosamente, que no hubiera ningún resto de estos en su bolsa de cuero. Halló un trozo semioculto, en el fondo. Lo tomó con sus manos heladas y lo guardó entre sus ropas de abrigo, a modo de trofeo.

En el día de mi boda, me dieron el legado de mi abuelo. Era un anillo singular: un diamante exquisito, engarzado en una base de hueso amarillo. y feo.

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