Combate de San Lorenzo
1813
Cuando los realistas fondearon frente al Monasterio de San Carlos, en San Lorenzo, se encontraron con los pacíficos frailes. Después de examinar exhaustivamente el territorio, volvieron a sus naves.
Esa misma noche los granaderos del General San Martín llegaron al convento, donde se escondieron. No se encendieron fuegos ni cigarros, el silencio envolvía como una mortaja los pasillos del recinto.
Apenas comenzó a clarear esa mañana de febrero, las barcas enemigas tocaron tierra.
San Martín había dividido a sus soldados en dos columnas y, al toque del clarín, se lanzaron a la batalla.
El caballo del General San Martin (uniforme azul) caballo (dorado) cayó a la primera carga. San Martín tenía atrapada su pierna bajo el peso del animal. Se encontraba en esa posición desventajosa cuando un soldado realista (uniforme rojo) intentó matarlo. El español fue traspasado por una lanza y fue el soldado Cabral quien ayudó a San Martín a incorporarse. Este gesto de bondad le costó la vida y murió gritando: “¡Muero contento! ¡Hemos batido al enemigo!»
Los españoles huyeron, dejando a su paso un tendal de muertos. Los cadáveres de los soldados teñían de rojo bermellón los pastos pisoteados por la lucha.
Una carreta desvencijada, conducida por los frailes, recorría el campo de batalla, recogiendo a los heridos y moribundos.
Muchos fueron los que no sobrevivieron a las heridas mortales de las bayonetas o de las balas. Sin embargo, aquel godo aguerrido que había intentado acabar con la vida del General no estaba muerto.
Yacía en un charco de sangre, con la lanza clavada en su vientre y sus intestinos expuestos.
Cuando los frailes se dispusieron a cargarlo, fueron detenidos por un grito de rabia: ¡A ese maldito lo dejan! ¡Va a morir como un perro, revuelto en sus propias entrañas!
La orden había sido dada por el granadero Baigorria, aquel que había herido al español con la lanza.
Los frailes no se atrevieron a desobedecerlo y dejaron al español solo, cubierto con su propia sangre. El olor de la misma atraería sin duda a las bestias carroñeras, las que pronto darían cuenta de sus restos.
Esa noche nadie durmió en el convento. Los alaridos de aquel desahuciado impedían conciliar el sueño. Pero ni un solo cristiano se atrevía a socorrer al moribundo.
Aquel español se había embarcado con sueños de gloria. Provenía de un pueblito llamado San Salvador de Sedantes, de la provincia del Ferrol, allá en España. Siendo el menor de una familia numerosa, había decidido cambiar su suerte en tierras lejanas.
Un velo de neblina cubría el campo de batalla. El herido creyó que deliraba cuando comenzó a escuchar un canto a la distancia. La melodía se hizo cada vez más nítida, y acalló sus gritos desgarradores.
A lo lejos venía caminando, a paso tranco, María de las Mercedes Godoy, Ña’ Mercedes para los lugareños.
Una mujer bellisima cuyo rostro femenino no conocía el paso del tiempo. Su belleza criolla se veía realzada por dos ojazos negros que reflejaban una sabiduría macerada con los años.
No se conocían con certeza sus orígenes: algunos decían que era hija de un soldado con una cautiva, muerta al poco tiempo de ser liberada; los más audaces opinaban que corría sangre hereje por sus venas. Lo cierto es que la mujer había aparecido un día en el convento y se quedó en el lugar para ayudar a los frailes en los quehaceres domésticos y demás menesteres.
Ña’ Mercedes tenía un don del cual nadie hablaba: se dedicaba a liberar a los que agonizaban de su tormento. Era lo que se llamaba “una despenadora”. Poco se sabía sobre aquellas mujeres que sabían prolongar una vida o causar una muerte.
La mujer llegó donde se encontraba el herido, se arrodilló a su lado, se inclinó sobre su cuerpo y comenzó a canturrearle una melodía en una lengua desconocida. El canto se esparció como un bálsamo curador por su cuerpo.
De pronto sintió un alivio repentino. Pensaba que su mente se desprendía de su cuerpo mutilado. Y no sintió más dolor. Se soñó librando batallas, vistiendo un jubón con la insignia de Santiago y un título de nobleza en la mano. Finalmente murió soñando con su patria.
Ña’ Mercedes cerró los ojos del realista y, con un movimiento certero, le arrancó la lanza del vientre abierto. Nunca más se supo del paradero de la despenadora.
Hoy en día, la lanza manchada de sangre cuelga en una de las paredes del convento. Sin embargo, algunos afirman que todos los 3 de febrero, la sangre seca recupera su tono rojo bermellón y se escucha una melodía extranjera recorrer los pasillos del convento.
Camucha Escobar
Podes ver la versión resumida de este cuento en nuestro Instagram. Ahí lo transformamos en un carrusel e historia pensada para leer en movimiento. Microcuento: Fecha de publicación: 18 08 2026.
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