Historias que enamoran.
Ay, pecados reúne catorce cuentos de todas las épocas escritos por las autoras románticas más talentosas: Cristina Bajo, Gloria V. Casañas, Fernanda Pérez, Gabriela Exilart, Gabriela Margall, Camucha Escobar, Graciela Ramos, Magda Tagtachian, Mariana Guarinoni, Carlota del Campo, María Border, Mirta Pérez Rey, Anabella Franco y Andrea Milano.
En estos cuentos se desatan pasiones ocultas, se revelan secretos inconfesables y los personajes se entregan a hacer realidad sus deseos más profundos.
¿Cuánto estamos dispuestos a arriesgar por amor? ¿Hasta dónde se puede llegar por celos? ¿Se perdona una traición?
Una mujer casada sucumbe al deseo y no quiere que amanezca. Dos compañeros de trabajo se miran de verdad por primera vez. Un hombre perfecto esconde un pasado aterrador. Una segunda oportunidad, una pasión inconfesable, una traición que deja heridas, un matrimonio roto. Los relatos que integran este libro están atravesados por los pecados del amor, tan subjetivos y únicos como cada historia que se construye de a dos: la venganza, la renuncia, la pasión, el desenfreno, la infidelidad, la codicia, la mentira, el engaño.


«Autorretrato» el cuento de Camucha Escobar.
Autorretrato
Nueva York
1935
Aquel domingo pasé toda la mañana y parte de la tarde estudiando, por eso, decidí
hacer una interrupción y despejarme un poco. Como soy amante de las artes visité una
exposición de cuadros de la cual se hablaba mucho. Fernando Aguilar Paredes, un famoso
pintor español, exponía parte de su obra no muy lejos de la pensión de señoritas donde yo
vivía. Subí las solapas de mi abrigo, me calcé el gorro de piel y unas botas abrigadas.
Amenazaba lluvia y corría un frío gélido que me hacía llorar los ojos. Pronto supe que había
tomado una buena decisión ya que todos los cuadros expuestos eran sorprendentes. Tenían
una fuerza y una destreza incomparables. Me detuve un largo rato frente a un retrato algo
alejado de las obras principales y que, extrañamente, me resultaba familiar. Se podía observar
en él a una mujer de una belleza subyugante: los ojos color miel estaban surcados por unas
pestañas renegridas y densas; la piel mate, lustrosa y la nariz romana indicaban cierta
ascendencia morisca. Los labios rojos dibujaban una sonrisa enigmática. Los colores eran
fuertes, apasionados, provocadores. Se llamaba “Autorretrato”. Aquel cuadro ejercía una
especie de sugestión sobre mí.
—¿Le gusta? —escuché una voz a mis espaldas.
Cuando me di vuelta me encontré con un hombre alto y muy atractivo. En el cabello
negro, algunas hebras blancas se entrelazaban al azar. Su nariz curva sobresalía en un rostro
de mirada profunda. Pude observar la fuerza de sus ojos oscuros, que me contemplaban como
si un intenso fogonazo encendiera la noche y revelase mis vergüenzas. Alcancé a tartamudear: