El amor puede ser más fuerte que la muerte.
El mal, también.
Basada en un personaje real.
Catalina de los Ríos y Lisperguer fue la mujer más hermosa de su época… y la más malvada. Cuatro siglos después, su sombra aún pende sobre la tierra que habitó. ¿Cuánta verdad hay en las leyendas sobre sus amores salvajemente apasionados, su crueldad y su brujería? Una serie de eventos misteriosos despierta sospechas más fuertes que cualquier superstición.
Una novela histórica atrapante sobre el destino de una familia con secretos inconfesables.
«Yo oía en los latidos de nuestros corazones. Él se inclinó y unió su boca a la mía. Puse una mano sobre su pecho para apartarlo, pero no fuí capaz de oponer resistencia».
Camucha Escobar.


«La memoria del mal».
La memoria del mal
INTRODUCCIÓN
Hija de la nada
Santiago, Chile
1664
El viento sopla con fuerza, cargado de humedad. Una nube espumosa ha cubierto el sol y su sombra tentacular cayó sobre la ciudad. Sé que falta poco y nada para mi partida.
Lo siento en estos huesos viejos. Las mechas grises de mis cabellos, otrora rojos, están desparramadas sobre la almohada bordada por las monjas. Me siento débil, marchita, aunque muy dentro de mí brille una tenue luz de esperanza. La muerte me acecha y la oscuridad que la precede fragua un bálsamo sobre mi espíritu. Mientras atravieso este lóbrego valle, anhelo la comprensión de mis semejantes.
—¡Quintrala, mi Quintralita! —La voz de la nana Josefa me susurró al oído—: Cierra los ojos, bonita. No te fatigues. —Me mojó los labios con unas gotitas de agua—. ¿Sabes, mi Quintrala, que esto es pasajero? Tu nana ha traído la piedra que te albergará el alma. Es una piedra para las almas negras. —Me la colocó sobre el corazón que latía débilmente.
No pude evitar sonreír ante sus palabras. Me tenía sin cuidado volver a esta existencia. Ya he vivido a pleno.
—Tu nana ha hecho los conjuros necesarios desde que naciste para que puedas regresar —insistió la negra—. Solo hay que esperar a que se cumplan los ciclos saros.
Los caldeos, padres de la astronomía y la astrología, fueron quienes descubrieron los ciclos de saros, esa palabra que significa “repetición” en el idioma de los antiguos babilónicos. Con este descubrimiento se hizo posible predecir con exactitud eclipses con años e incluso siglos de antelación. Mi nana no solo estaba obsesionada con ellos, sino convencida de que yo volvería a la vida en uno de esos ciclos, cuando la energía que ocurre en el cielo se materializara en la Tierra por medio de un eclipse. Mis ojos parpadearon como si algo les molestara, pero estaban más secos que el polvo del desierto. Mis labios se abrieron y de ellos manó mi voz en un susurro:
—Sé que eso pasará, mi querida Josefa, y también sé que tú me estarás esperando. La nana tenía los ojos llenos de lágrimas, mientras sacaba un objeto de un relicario.
—¿Ves, mi niña? Aquí tengo la piedra negra. No fue fácil conseguirla. No. No. Tuve que hacer algunos pactos con quien no debía… En fin, cuando cierres los ojos, tu alma dormirá en esta piedra. Habrán de pasar muchos, pero muchos años, para que vuelvas a la vida. Entonces…
Las palabras de mi nana se convirtieron en humo. Un humo ligero y gris, que se extendió por la habitación hasta envolverme por completo.
Siempre había recuerdos y dentelladas que mi memoria almacenaba en el pecho. Por ello, en estos momentos en los que aguardo la muerte, viajo al pasado: tengo presente haber dejado insepulto el cuerpito del hijo de Ñatucón, a quien maté a palos. Por el cadáver pasearon a sus anchas tanto gusanos como animales carroñeros.
¿Acaso aquel pequeño se cobraría con creces el crimen que había cometido? No me interesaba. Ñatucón lo tenía bien merecido por traidor. Se me presentó otra imagen que creía olvidada: la cabeza de la negra que aullaba a mansalva dentro de un horno mientras era sostenida por un verdugo. Me estremecí, no por arrepentimiento, sino por la fiebre que me sacudió las entrañas y me hizo castañetear los dientes en una letanía fúnebre. Me di cuenta de que recordar atrasaba mi muerte y me sumergí en aquellas memorias…
Hacienda El Infiernillo, Valle del Maipo, Chile
23 de enero de 1917
Aquella madrugada, el cielo se oscureció de repente: un siniestro eclipse cubrió de noche el lugar.
Todos supieron que algo terrible iba a acontecer. El viento agitaba las copas de los árboles. Los gritos, audibles en toda la casa, cubrían de tristeza y desesperanza tanto a los patrones como a los criados.
Estos, con los ojos llorosos y los rostros contritos, aguardaban las noticias. Don Enrique de los Ríos y Lisperguer apretaba con fuerza el vaso de whisky. Apenas había podido beber uno o dos sorbos de tanto nervio contenido. La cabeza le daba vueltas, una sensación de vacío le subía por las piernas y las náuseas amenazaban con convertirse en arcadas. Se sentía culpable, con justa razón. Por su porfía y en contra de las recomendaciones del médico y los propios deseos, Leocadia, su esposa, había accedido a tener un hijo. Ahora era tarde para lamentos. El mal ya estaba hecho y los gritos de la mujer resonaban en la hacienda. Al cabo de dos horas, todo fue silencio.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué no se escucha? —Don Enrique había apoyado el vaso sobre la chimenea y miraba a su cuñado Markus. Sabía muy bien que, mientras sintiese remordimientos, duraría la culpa.
—Tranquilo, Enrique, no desesperes. —Markus lo consolaba. Su mirada encerraba algo rabioso y lo recorría con una violencia callada.
—¡Patrón! ¡Patrón! —exclamó Serafina, que se acercaba corriendo—. Su hijita ha nacido. Es una cabrita requetelinda.
Don Enrique tragó saliva y se hizo la señal de la cruz en agradecimiento. Debía encargar varias misas por aquel milagro. Se acercó hasta la habitación y llamó a la puerta con suavidad.
—Pase, patroncito, pase. —La negra Josefa lo guio hacia la cuna—. Mire qué preciosidá.
Entre encajes y moños, don Enrique alcanzó a ver a la pequeña. Con cuidado, la levantó.
—Es perfecta. —La emoción lo embargaba—. ¿Y esto? —Le señaló una cinta roja donde colgaba un relicario que se enlazaba al bracito izquierdo.
—Mejó no lo abra, patroncito. E pa’l mal de ojo y puede perdé su efeto —mintió Josefa sin ningún ápice de remordimiento. La gema que contenía el alma negra de la Quintrala ya estaba en el lugar correcto.
La nana, que había esperado siglos por su niña, supo que aquel día renacería. Así estaba escrito en el cielo. Suspiró profusamente. Ansiaba con fuerza poder descansar sus huesos viejos de una vez y para siempre.
—Sabes muy bien que no me gustan estas cosas, Josefa. —La mirada de don Enrique era severa.
—La doña me lo pidió.
—No entiendo cómo Leocadia cree en esas estupideces. En fin, ha sufrido tanto con este parto que bien le puedo consentir un capricho, siempre y cuando no afecte la salud de la criatura.
—Nadita de eso, patroncito. En ese momento, la recién nacida abrió los ojos y el padre pudo observar que eran verdes. Pero no un verde cualquiera, sino verde esmeralda.
—¡Ay, Josefa! ¡Qué ojos tan extraños! Parecen de niña y anciana a la vez.
La negra asintió. Había visto las tres verrugas en el cuello de la pequeña y la mancha con forma de luna en cuarto creciente en su hombro izquierdo. “Ahora sí, mi Quintrala. Ahora ya estamos juntas otra vez”, se dijo sonriente.
Doña Leocadia tenía los ojos cerrados. El parto había sido largo y harto dificultoso. Don Enrique se acercó a la cama y la besó en la frente.
—Descansa, mi vida, que la pequeña Catalina ya está entre nosotros.
—Se prometió compensarla por tanto tormento.